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                                   No os olvidéis de hacer el bien


En cierta ocasión le preguntaron a Isabel de Hungría cómo se podía dar limosna si no se tenía dinero. Contestó: “La escasa economía no es impedimento para la caridad, ya que siempre tenemos dos ojos para ver a los pobres, dos oídos para escucharlos, una lengua para consolarlos y pedir por ellos, dos manos para ayudarlos y un corazón para amarlos”.
A un sacerdote le dolía el alma de repetir todos los domingos la misma prédica. Los textos preferidos de este hombre de Dios eran estos dos: “No os olvidéis de hacer el bien y de ayudaros mutuamente; ésos son los sacrificios que agradan a Dios” (Hb 13,16). “Dad y se os dará... porque con la medida con que midáis se os medirá” (Lc 6,38)


He comprobado a lo largo de mi vida que hay mucha gente buena que no sólo se desvive por su familia, sino también por los demás y comparte lo que ha recibido del Señor. Sin embargo, pienso que muchos damos tiempo, talentos, pero el bolsillo lo tenemos bastante lejos del corazón y de la mano.
Un día, yendo Jesús de camino, uno salió corriendo a su encuentro preguntándole qué tenía que hacer para conseguir la vida eterna. Fijando en él su mirada, Jesús le amó y le dijo: “Una cosa te falta: anda, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres, tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme”. Pero él, abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes (Mc 10,17-23).
Aquel hombre cumplía lo bien establecido. Posiblemente tenía la manía de acumular. Y Jesús le pedía que renunciara a su manera de pensar, al capitalismo material y espiritual que tenía, que perdiera todo para poder ganarlo.
En la misa existe la santa costumbre de presentar nuestra ofrenda en el momento del ofertorio.
La Eucaristía es el mejor momento para agradecer al Señor lo que somos y tenemos. No se puede ser agradecido y desagradecido al mismo tiempo. Somos hijos de Dios y él nos ha capacitado para ser generosos, para dar incondicionalmente. Quizá debamos pedir al Señor que abra nuestros corazones y bolsillos para ser más generosos con Dios, con la Iglesia, con los sacramentos vivientes que son los pobres y necesitados de cualquier tipo, y que, sobre todo, jamás “nos olvidemos de hacer el”.