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                                  Llenarse de Dios

Un sabio japonés, conocido por la sabiduría de sus doctrinas, recibió la visita de un profesor universitario que había ido a verlo para preguntarle sobre su pensamiento.
El sabio le sirvió el té: llenó la taza de su huésped y después continuó echando con expresión serena y sonriente.
El profesor veía desbordarse el té con estupefacción, y no lograba explicarse la distracción del sabio. No pudiendo contenerse más, le dijo:
– Está llena. No cabe más.
– Como esta taza, dijo el sabio imperturbable, tú estás lleno de tu cultura, opiniones y conjeturas eruditas y complejas. ¿Cómo puedo hablarte de mi doctrina, que sólo es comprensible a los ánimos sencillos y abiertos, si antes no vacías la taza?
La doctrina sólo es comprensible a los que se vacían, a los abiertos de corazón. Solamente los sencillos, los vacíos de todo y abiertos al Todo pueden comprender a Dios y aceptarlo como su tesoro. Para que Dios pueda penetrar en la mente y en el corazón del ser humano, se necesitan estas tres actitudes fundamentales:
● Humildad: una actitud indispensable. “Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes” (St 4,6).
● Escucha: La persona que abre su ser al Señor, lo reconoce como único dueño y dador de vida, fuente de todo bien, santo y perfecto. Es el Dios que obra conforme a su benevolencia (Flp 2,13). Sólo los humildes pueden llegar hasta Él en actitud de escucha. “El que tenga oídos, que oiga” (Mt 13,9). Dios nos habla de mil modos y maneras, pero nos habla definitivamente por Cristo. “Éste es mi Hijo predilecto, en el cual me complazco. Escuchadlo” (Mt 17,5). Escuchar es estar alerta, atentos y despiertos.
● Dejar actuar a Dios: Cada cristiano debe dejar que Dios se manifieste libremente, que Él sea lo que es: Luz, Fuerza, Salvación... Dios toma la iniciativa en la historia de la salvación y es el que la realiza. Él es el principal agente. Dios se entrega del todo y quisiera que el ser humano dejase paso a su obra, que colaborara con Él. El papel de la criatura es dejar paso al Creador.
La Virgen María representa el modelo perfecto de la persona abierta siempre a Dios, dispuesta a que Él haga su voluntad. Ella es la oyente de la Palabra. Está siempre pronta a la escucha y atenta al mensaje que se le da. “Hágase en mí según su palabra” (Lc 1,38), es su respuesta. Y la Palabra se hizo carne en sus entrañas. María acogió a Dios y le dejó actuar, que fuera Él mismo.
También Cristo está a la puerta de cada corazón humano y llama (Ap 3,20) para actuar como Salvador.