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                                 Luces en la noche


Diógenes Laercio relata una historia sobre Alcides, un pensador de la antigüedad. Según la historia, comenzó de muy avanzada edad a estudiar geometría. Alguien le preguntó:
– ¿Es oportuno que aprenda usted ahora?
– Si no es hoy, ¿cuándo será?, contestó el filósofo.
“El viaje de mil millas comienza con el primer paso” (Lao Tsé). Y en ese viaje “no importa la lentitud con que avances, siempre y cuando no te detengas” (Confucio).


Largo es el camino de la vida, del cambio. Lo primero que necesito es tener la meta clara. Cuando falta la dirección, no se llega a ningún sitio o, peor, se va a la perdición. Nadie me puede obligar a cambiar si realmente no quiero.
Para cambiar necesito tiempo, pero sobre todo calma y serenidad. Hasta las heridas necesitan su tiempo para cicatrizar. Mejorar el estado de ánimo lleva tiempo, como lo lleva salir de una depresión o adicción. “Lleva mucho tiempo ser joven” (P. Picasso). Un nudo no se desata en una carrera. Una cosecha es mejor cuando la tierra está descansada y preparada. “Un campo que ha descansado produce una hermosa cosecha” (Ovidio).
Hemos de dejar a un lado las preocupaciones que paralizan la mente y el corazón o se comen nuestra energía. No se consigue nada con volver una y mil veces al pasado. “El pasado ya voló. El mes y el año próximo no existen. Sólo es nuestro el minúsculo presente” (Shabistari).
Para cambiar, tengo que creer que soy capaz. Sólo se consigue aquello en lo que se cree, porque, además, puedes ver dentro de tu propio corazón. Y en cada persona están todas las herramientas para cambiar. Si uno “lleva su propia lámpara, no debe temer a la oscuridad” (proverbio hasídico) por muy grande que sea la noche. En medio de las dificultades, en medio del invierno más crudo uno recuerda primaveras florecientes y espera veranos calurosos. No hay que olvidar que “la mente crece de acuerdo al alimento que recibe” (J. G. Holland).
Muchas personas, para cambiar, esperan a tener todo lo necesario, a estar mejor preparados, a que la vida les sonría. El cambio se da con lo que se es y se tiene, y se comienza por lo pequeño. Nadie puede cambiar si no está dispuesto a derrochar ríos de paciencia, “pues la paciencia es la llave del paraíso” (proverbio turco).
Nadie cambia si no obtiene nada a cambio, si no ve las ventajas, si no encuentra sentido a lo que hace. Y nada llena tanto el ánimo como saber que se está engendrando vida. “Aunque supiera que mañana el mundo fuera a desmoronarse, de todas las maneras plantaría mi manzano” (M. Lutero).