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                                          Luz para el camino


La noche del 5 de abril de 1754 moría Catalina Thomas.
En el cuarto había tal oscuridad que alguien suplicó: Por favor, ¿quién trae una vela? La moribunda aclaró: “Traigan alguna luz para ustedes; para mí el sol está brillando como nunca”.
Jesús es la luz para nuestra noche. “Yo soy el camino” (Jn 14,6), dijo Jesús. El camino de vida, de bendición. Juan lo mostró al mundo como el camino por donde tendría que ir la humanidad, camino recto. Quien quiera transitar por caminos de vida, tendrá que caminar con él y por él.
El ser humano es un ser en camino, eterno peregrino a la casa del Padre. En esta marcha se encuentra con encrucijadas: caminos que conducen a la vida y caminos que conducen a la muerte. Y se presentan peligros, riesgos, dificultades de todo tipo. Para superarlos y no ceder al cansancio ni al desaliento, es necesario tener los ojos bien fijos en la meta y estar bien motivados. El ser humano está en continua elección: escoger la vida y seguir por el camino recto, estrecho y empinado, o escoger lo fácil, el camino de muerte.
Para no ir a tientas ni a oscuras, es necesaria la luz. La luz disipa la tiniebla sin violencia, con sólo su presencia. Esa luz es, a veces, una persona, ángel de luz; otras, un impulso que brota dentro de la misma vida. Pero la luz, sobre todo, viene de lo alto, de Dios. Él es la luz de las naciones” (Is 42,6). Jesús es la luz del mundo. El Espíritu es llama que alumbra y calienta.
Gilles Farcet, escritor francés, ha escrito: “Si el camino no se vive en lo cotidiano, ¿dónde podrá vivirse? ¿Acaso alguien ha respirado alguna vez en otro sitio que no sea aquí y ahora?”. Aludiendo a lugares de elevada reputación espiritual, lejos de las actividades de todos los días, añade: “Mis estancias en esos ‘lugares de elevación espiritual’ sólo tienen sentido en la medida en que me ayudan a recuperar, en el corazón mismo de mi cotidianeidad, la dimensión sagrada que sólo mi ceguera espiritual me impide percibir... Fuera del instante, no hay salvación”.
Para poder caminar, es necesario gritar como Simeón el Teólogo: “¡Ven, luz verdadera! ¡Ven, vida eterna! ¡Ven, misterio escondido! ¡Ven, luz sin ocaso! ¡Ven, resurrección de los muertos! ¡Ven, tú que permaneces siempre, pero que atraviesas las horas!”.
El Señor nos conduce de las tinieblas a la luz; más aún, nos transforma en luz para cerrar definitivamente las puertas a la noche.